En el pueblo
Todos tenían su escopeta, menos yo. A veces, los veía alardear con las escopetas colgadas de sus hombros. Pero no les tenía miedo, más bien era temeraria: cuando hacían demasiado ruido, con sus maquinarias agrícolas, delante de mi casa, me asomaba al balcón y les gritaba improperios. Sus miradas hoscas no presagiaban nada bueno. Un día salí despreocupada de casa a hacer las compras, protegiéndome con mi paraguas celeste del orbayu que caía insistentemente sobre esa tierra verde. En el sendero asfaltado que conducía a la pequeña ciudad, apareció un auto. Dentro había cuatro hombres. Marchaba detrás de mí sin atinar a pasarme. Paré en seco y le cedí el paso. El auto también paró y el tiempo se detuvo durante un largo minuto en que nos miramos fijamente. Luego, siguieron su camino. Yo también, pero ya estaba avisada. ...