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En el pueblo

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Todos tenían su escopeta, menos yo.  A veces, los veía alardear con las escopetas colgadas de sus hombros. Pero no les tenía miedo, más bien era temeraria: cuando hacían demasiado ruido, con sus maquinarias agrícolas, delante de mi casa, me asomaba al balcón y les gritaba improperios. Sus miradas hoscas no presagiaban nada bueno. Un día salí despreocupada de casa a hacer las compras, protegiéndome con mi paraguas celeste del orbayu que caía insistentemente sobre esa tierra verde. En el sendero asfaltado que conducía a la pequeña ciudad, apareció un auto. Dentro había cuatro hombres. Marchaba detrás de mí sin atinar a pasarme. Paré en seco y le cedí el paso. El auto también paró y el tiempo se detuvo durante un largo minuto en que nos miramos fijamente. Luego, siguieron su camino. Yo también, pero ya estaba avisada.                                               ...

Otro mundo

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Magalí juega todo el día en la vereda. Juega con su hermanito y con la gente que pasa caminando junto a su casa. A veces, alguien le sonríe y le da un caramelo. El policía que cuida la cuadra se ofrece para atarle los cordones o sostenerle la otra punta de la soga para que ella salte. Se despierta con el sol en la cara y el pis que le hace cosquillas debajo del ombligo. Se levanta de un salto y corre en piyama a hacer pis antes de que suceda el accidente que tanto enoja a su mamá. Porque hay noches en que ella tiene miedo o hace frío o escucha algún ruido fuerte que la sobresalta y no logra aguantarse. Su mamá se enoja y hay que poner el colchón a secar al sol. Pero el olor no se va con nada y ese es un castigo peor que el reto: acostarse cada noche y sentir el tufo intenso del amoníaco en su nariz de princesa, y no poder decírselo a la madre, no poder quejarse, porque la madre ya le dijo que no se haga la fina, que la que nació para sirvienta no puede aspirar a reina. Magalí no entien...

El viento silbó una canción extraña

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          La casa está abandonada. Dicen en el barrio que hace mucho que nadie la habita. Los pastos están muy crecidos y las plantas, descuidadas, crecen salvajes hacia la vereda, invadiéndola. Aquí y allá se forman charcos de agua después de cada tormenta, y los caracoles, gracias a tanta humedad, se reproducen a sus anchas.        Hace mucho que quiero entrar. ¿Qué me lo habrá impedido hasta ahora? El miedo. Se ve tan solitaria que bien podría estar habitada por fantasmas, gentes de otras épocas, mal muertas, que vaguen penando por la casona.      Hace mucho tiempo que paso caminando por esta vereda de lajas desparejas, rotas, invadidas por la naturaleza. No la esquivo por la calle, como hacen los demás transeúntes; me interno en esta pequeña selva urbana. Y entonces, cuando estoy dentro, camino más despacio, dejándome influir por su ritmo pausado, tratando de escuchar todos sus sonidos: el viento, moviendo las ramas de...

Planes

Ella no sabe que va a morir y hace planes a futuro, un futuro lejano, porque ahora no puede, dice, la nena no la deja, él no la deja, la casa no la deja. Entonces ella hace planes a futuro pensando que, cuando la nena sea grande y logre, por fin, separarse de él, tendrá tiempo de conocer el país, de viajar mucho, aunque sea sola, porque sabe que a ese futuro lejano va a llegar sola, eso sí lo sabe, sola, “sin lastres”, dice ella, que hoy está agotada por la nena, por la casa, por él, y sueña con esa liberación de todas sus responsabilidades para con los otros, lo sueña para ese futuro lejano, ser responsable sólo de sí misma, hacerse feliz, hacer lo que más quiere, lo que le gusta y no rendirle cuentas a nadie, no tener que pedir permiso ni volverse loca buscando con quién dejar a la nena o temiendo los enojos de él, porque él siempre se enoja cuando ella hace algo para ella, cuando sale sola o con amigas y no se dedica a la nena, a la casa o a él. Pero ella no sabe que se va a morir, ...

80 años no son nada

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  ¡El abuelo milonguero que me pretendía se echó novia! No lo había vuelto a ver desde el día en que se me declaró, hace dos meses, porque luego nos corrió la policía y cuando logramos retomar La Milonguita del Parque Chacabuco, él que no faltaba nunca fue uno de los tantos que no volvió a aparecer.  Hasta esta semana de julio que, aprovechando una tarde super soleada de casi 20°, nos volvimos a juntar para bailar. Y entonces lo vi, pero pasó de largo de la mano de una mujer más acorde a su edad que yo, mirándonos de reojo y sin saludar, como si no nos conociera. Quizá su novia no es del ambiente y él aún no le contó que ama bailar. Mi ex pretendiente pasó una vez de largo y luego volvió a pasar, después de darse la típica "vuelta del perro" al parque, quiero creer que extrañando esas bellas tardes que compartía con nosotros, bailando, charlando y musitando su amor no correspondido. 80 años no son nada en este ambiente, el que no corre, vuela. Felizmente para él, ya me olvidó...

La primera directora de orquesta

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  Annunziata quería ser directora de orquesta y, aunque era un mundo de hombres, lo logró. Estudió con los mejores profesores, se sacó las notas más altas y recibió el diploma de honor siendo aún muy joven. Fue la primera mujer en dirigir la Filarmónica de Roma, ámbito de hombres que desconfiaban de las aptitudes femeninas. Annunziata tenía brazos largos que se movían como aspas al viento cuando dirigía. Era muy flaca, por lo que todos notaron, el primer día de ensayo, la incipiente curvatura hacia adelante de su panza, que algunos chistosos apodaron, en términos musicales, "el bemol", y que no era otra cosa que un embarazo que ya cursaba su quinto mes. Justo cuando la convocaban para dirigir la Filarmónica, gracias a su exitosa trayectoria con las orquestas del Véneto, Annunziata, de pura felicidad, quedaba embarazada. Le hicieron el contrato sin saber que esperaba familia, ya que ella era muy reservada con su vida privada, porque sabía que se movía en un mundo machista y qu...

Plaza Elíptica

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  ¡Yo vivía en ese lugar y no lo sabía! Bueno, la explicación es sencilla: nunca fui de madrugar, ¿cómo iba a verlo? Me enteré como se entera todo el mundo: por la tele. Lo vi en “Informe Semanal”, y fue cuando exclamé sorprendida por no saberlo: ¡yo vivía en ese lugar! Justo en la esquina de Plaza Elíptica, delante de ese bar de mala muerte llamado Yakarta que siempre esquivaba con desdén (nunca me gustaron los bares españoles, el olor compacto de hombre bien macho, la nube blanquecina del humo de los cigarrillos, los carozos de aceituna y los bollitos de servilletas usadas esparcidos por el suelo, ese suelo de baldosa gris de los años 50, cuando el generalísimo marchaba sobre España, brazo en alto); justo ahí es donde todas las mañanas bien temprano (para mí de madrugada), hiciera frío o calor, de noche cuando ya es invierno y baja ese aire gélido de la sierra madrileña que se te clava en la piel como un puñal, ese frío mesetero...