El viento silbó una canción extraña
La casa está abandonada. Dicen en el barrio que hace mucho que nadie la habita. Los pastos están muy crecidos y las plantas, descuidadas, crecen salvajes hacia la vereda, invadiéndola. Aquí y allá se forman charcos de agua después de cada tormenta, y los caracoles, gracias a tanta humedad, se reproducen a sus anchas.
Hace mucho que quiero entrar. ¿Qué me lo habrá impedido hasta ahora? El miedo. Se ve tan solitaria que bien podría estar habitada por fantasmas, gentes de otras épocas, mal muertas, que vaguen penando por la casona.
Hace mucho tiempo que paso caminando por esta vereda de lajas desparejas, rotas, invadidas por la naturaleza. No la esquivo por la calle, como hacen los demás transeúntes; me interno en esta pequeña selva urbana. Y entonces, cuando estoy dentro, camino más despacio, dejándome influir por su ritmo pausado, tratando de escuchar todos sus sonidos: el viento, moviendo las ramas del sauce llorón; mis pies, pisando involuntariamente a los caracoles; y algo que chirría, allá en el fondo. Siempre que paso caminando, algo chirría en el fondo de la casa. Tengo muchísima curiosidad por saber qué es lo que se mueve en esta casa abandonada.
Voy a entrar. Sé que nadie me verá y eso me genera un miedo adicional: nadie vendrá en mi rescate, de necesitarlo.
Enfilo hacia la puerta oxidada del costado, la que fue una puerta de garage. La abro. Un ruido a óxido seco se desparrama por la tarde. Se escucha, cercano, el ladrido de un perro. Camino sigilosamente sobre el pasto crecido. “No tengo miedo”, me digo internamente. “No tengo miedo”, me repito, para darme ánimo.
A medida que avanzo por el costado de la casa el chirrido se escucha cada vez más cerca.
De repente, un gato negro se cruza en mi camino, sin siquiera mirarme. Doy un respingo del susto. Esta aparición me deja temblando, me llena la cabeza de supersticiones. Pero ya estoy a un paso de llegar al fondo, a ese jardín tanto tiempo mentado, imaginado, soñado. He construido historias fabulosas con esta casa y su jardín trasero, pura imaginación de una mente calenturienta.
Y ahora estoy aquí. Y los caracoles crujen bajo mis pies, el viento silba una canción extraña y el frío húmedo va subiendo por mis huesos hasta hacerme castañetear los dientes.
El jardín se abre, por fin, ante mis ojos, lleno de maleza, de plantas tristes, de abandono. Y oigo chirriar más fuerte hacia mi costado derecho: es una hamaca que se balancea, sola. Quiero suponer que es por el viento.
Valeria Leandra Buono
Relato publicado en Mundos Impares, Antología IV de cuentos, relatos y poesías, Julio Diaco Editor, Buenos Aires, 2014, p 122.

Comentarios
Publicar un comentario