Otro mundo
Magalí juega todo el día en la vereda. Juega con su hermanito y con la gente que pasa caminando junto a su casa. A veces, alguien le sonríe y le da un caramelo. El policía que cuida la cuadra se ofrece para atarle los cordones o sostenerle la otra punta de la soga para que ella salte.
Se despierta con el sol en la cara y el pis que le hace cosquillas debajo del ombligo. Se levanta de un salto y corre en piyama a hacer pis antes de que suceda el accidente que tanto enoja a su mamá. Porque hay noches en que ella tiene miedo o hace frío o escucha algún ruido fuerte que la sobresalta y no logra aguantarse. Su mamá se enoja y hay que poner el colchón a secar al sol. Pero el olor no se va con nada y ese es un castigo peor que el reto: acostarse cada noche y sentir el tufo intenso del amoníaco en su nariz de princesa, y no poder decírselo a la madre, no poder quejarse, porque la madre ya le dijo que no se haga la fina, que la que nació para sirvienta no puede aspirar a reina.
Magalí no entiende todavía las ironías de su madre, pero siente el sentido burlón y humillante con que se lo dice, lo siente como un dolor en la panza, entonces esconde la mirada que se le hace agua y corre otra vez a jugar. Así se olvida de su tristeza, jugando, riendo, saltando, mientras abre golosa un caramelo o salta a la soga que le sostienen su hermanito y el policía.
Un día se alejó un poco más de lo debido: llegó hasta la esquina y dobló por la calle que cruza. Quería ver más allá de su territorio conocido. La gente pasaba caminando muy rápido junto a ella y sin querer la empujaban o la chocaban. La calle que cruza sube en cuesta, y los coches que pasaban por allí hacían un gran esfuerzo por llegar hasta arriba. Magalí caminó despacio, mirando para todos lados, grabando en su retina ese mundo nuevo de casas y edificios, de gentes y autos que la rodeaban, hasta que de lejos escuchó que la llamaban. Era el policía junto a su mamá. Ella la miraba enojada.
La madre siempre parecía estar enojada con ella, porque Magalí no cumplía con lo que se le pedía. Desobedecía las órdenes, haciendo lío, desapareciendo de golpe. La vida limitada a esa cuadra la aburría y a veces hasta la asfixiaba. Había otro mundo más allá de esa vereda y ella se esforzaba pensando alguna estrategia para poder escapar sin que se dieran cuenta.
Una mañana bien temprano, con la primera claridad, mucho antes de que saliera el sol, Magalí se despertó toda mojada: había tenido un sueño feo. Se apresuró a cambiarse la ropa para poder meterse de nuevo en la cama, en el medio, entre mamá y papá. Pero ya estaba allí su hermanito y no había lugar para ella; sólo quedaba libre la parte húmeda del colchón. Se sintió triste de repente y sin poder evitarlo se puso a llorar, pero sin lamentos, sólo las lágrimas ardiéndole sobre las mejillas rojas. Nadie despertó. Se secó la cara con las manos, buscó entre las cosas desparramadas en el suelo su bolsito de Mickey y se fue alejando en puntas de pie.
No había ni un alma en la vereda a esa hora. Todavía no había llegado el policía. Se puso a caminar y caminó varias cuadras, hasta que un auto paró junto a ella y desde adentro se escuchó una voz que le ofrecía caramelos. Pensó que era su oportunidad de salir de allí, de esa vereda tan transitada, de ese colchón lleno de pulgas y con olor a pis, de su madre siempre enojada y de su padre ausente. Sólo le dio pena que no iba a volver a ver a su hermanito.
Cuando la madre despertó y sintió otra vez el colchón mojado, insultó a Magalí entre dientes y empezó a buscarla con la mirada, pero sólo vio al pequeño y a su marido que aún dormían, y los cartones y las botellas vacías, y las galletitas a medio comer, húmedas, sobre las baldosas rotas, y los perros durmiendo en la punta del colchón, y la gente que caminaba apurada para su trabajo, pasando rápido junto a ellos, esquivando los bártulos, indiferente a esa escena familiar casi obscena, allí, a la vista de todos, en la vereda con techo, la recova de otros tiempos mejores, cuando se fundaba una nación. Y desesperada empezaba a gritar su nombre, Magalí, mientras el policía, en la esquina, sin escuchar aún los gritos, charlaba despreocupado con el vendedor de diarios.
Un día se alejó un poco más de lo debido: llegó hasta la esquina y dobló por la calle que cruza. Quería ver más allá de su territorio conocido. La gente pasaba caminando muy rápido junto a ella y sin querer la empujaban o la chocaban. La calle que cruza sube en cuesta, y los coches que pasaban por allí hacían un gran esfuerzo por llegar hasta arriba. Magalí caminó despacio, mirando para todos lados, grabando en su retina ese mundo nuevo de casas y edificios, de gentes y autos que la rodeaban, hasta que de lejos escuchó que la llamaban. Era el policía junto a su mamá. Ella la miraba enojada.
La madre siempre parecía estar enojada con ella, porque Magalí no cumplía con lo que se le pedía. Desobedecía las órdenes, haciendo lío, desapareciendo de golpe. La vida limitada a esa cuadra la aburría y a veces hasta la asfixiaba. Había otro mundo más allá de esa vereda y ella se esforzaba pensando alguna estrategia para poder escapar sin que se dieran cuenta.
Una mañana bien temprano, con la primera claridad, mucho antes de que saliera el sol, Magalí se despertó toda mojada: había tenido un sueño feo. Se apresuró a cambiarse la ropa para poder meterse de nuevo en la cama, en el medio, entre mamá y papá. Pero ya estaba allí su hermanito y no había lugar para ella; sólo quedaba libre la parte húmeda del colchón. Se sintió triste de repente y sin poder evitarlo se puso a llorar, pero sin lamentos, sólo las lágrimas ardiéndole sobre las mejillas rojas. Nadie despertó. Se secó la cara con las manos, buscó entre las cosas desparramadas en el suelo su bolsito de Mickey y se fue alejando en puntas de pie.
No había ni un alma en la vereda a esa hora. Todavía no había llegado el policía. Se puso a caminar y caminó varias cuadras, hasta que un auto paró junto a ella y desde adentro se escuchó una voz que le ofrecía caramelos. Pensó que era su oportunidad de salir de allí, de esa vereda tan transitada, de ese colchón lleno de pulgas y con olor a pis, de su madre siempre enojada y de su padre ausente. Sólo le dio pena que no iba a volver a ver a su hermanito.
Cuando la madre despertó y sintió otra vez el colchón mojado, insultó a Magalí entre dientes y empezó a buscarla con la mirada, pero sólo vio al pequeño y a su marido que aún dormían, y los cartones y las botellas vacías, y las galletitas a medio comer, húmedas, sobre las baldosas rotas, y los perros durmiendo en la punta del colchón, y la gente que caminaba apurada para su trabajo, pasando rápido junto a ellos, esquivando los bártulos, indiferente a esa escena familiar casi obscena, allí, a la vista de todos, en la vereda con techo, la recova de otros tiempos mejores, cuando se fundaba una nación. Y desesperada empezaba a gritar su nombre, Magalí, mientras el policía, en la esquina, sin escuchar aún los gritos, charlaba despreocupado con el vendedor de diarios.
Valeria Leandra Buono
Publicado en la Antología "Hilos, tramas y sombras", de cuentos, relatos y poesías, Julio Diaco Editor, Buenos Aires, 2016.

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