Bahía Blanca
¡Ya es fin de semaaanaaa!
Con qué alegría me levantaba de la cama, sabiendo que no tendría que ir al jardín de infantes, sino que tocaba jugar con mamá y papá.
Nos levantábamos tarde. Yo iba en puntitas de pie hasta la cama de ellos y desayunábamos ahí mismo. Luego papá me entretenía contándome sus cuentos ingeniosos, componía canciones con la guitarra y con mamá cantábamos los coros y jugábamos a grabarlas en el pequeño Winco. Después juntábamos todo lo necesario en un canasto de mimbre y nos íbamos con el Rambler celeste por esas rutas desérticas, llanas, que nos colmaban de libertad. Improvisábamos un picnic al costado de la ruta, siempre junto a un árbol, y papá salía a buscar ramas secas para prender el fuego del asado, mientras mamá acomodaba las cosas sobre la lona. Nos tirábamos en el pasto a hacer la digestión y luego jugábamos al volley. La consigna era ver cuántos pases llegábamos a hacer sin que la pelota tocara el suelo. Un día batimos nuestro récord: contabilizamos cien pases. Nos dimos por consagrados.
A la tardecita volvíamos al depto y el domingo nos íbamos a pasar el día a la playa de Peuen-Có o a la de Monte Hermoso, donde podíamos ver al sol salir y ponerse en el mar. ¡Cómo me gustaban esas playas con médanos desmesurados, su inmensidad y toda la orilla del mar interminable para nosotros! Casi siempre estábamos solos o se veía alguna silueta lejana, pero la playa era toda nuestra, nos pertenecía. En la orilla se acumulaban, a veces, aguas vivas y yo me acercaba sigilosa y las iba contando: una, dos, tres… Eran transparentes y movedizas como gelatina sin gusto. Cuentan que un día agarré una y la rompí en pedazos. Tengo la foto en la que estoy con el triste trofeo en la mano.
Se llamaba Bahía Blanca la ciudad donde habíamos ido a parar por el trabajo de papá. Era una gran bahía y era blanca por sus incontables médanos y salinas. Había un puerto importante y muchas playas, y la ciudad estaba tierra adentro, al estilo español, no miraba al mar.
Para mí fue el tiempo de la felicidad, de la infancia plena, pero para mis padres fue el tiempo del desarraigo, de la soledad, del esfuerzo sobrehumano para que no se les notara en la cara la tristeza de estar lejos de su tierra y de la familia. Yo también extrañaba a mis abuelos, a mis tíos, pero había tanto por hacer allí, tanto por descubrir… Algún sábado por la noche nos íbamos hasta Punta Alta, donde Rubén, un amigo de papá, trabajaba en un café concert y siempre me preparaba pochoclos. Me llevaba a la cocina y me enseñaba a hacerlos. Les ponía mucha sal y crujían al morderlos.
Infancia feliz que ya no volverá. Sólo regresa, de vez en cuando, a mis recuerdos y puedo revivirla un poco más.
¿Cómo estarás Bahía Blanca? ¿Habrás cambiado en todos estos años?
Pequeña ciudad de provincia, polvorienta y seca. Recuerdo tus temporales de viento, volaba la arena, los rastrojos, y el aire te secaba la piel, resquebrajaba los labios. Pero volvería a verte, a caminar por tu calle Moreno, ver si sigue allí el inmenso edificio de Correos, que quizá ya no me parezca tan grande: yo lo miraba con ojos de nena de cinco años.
Moreno 45, esa era nuestra dirección. Iba al Colegio N° 2, papá trabajaba en el Teatro Municipal, mamá estudiaba el cello en el Conservatorio, aquel que tenía un patio cuadrado en el medio, al estilo casa andaluza.
Ciudad señorial, conservadora, altiva, tengo que volver a verte para recuperar los pasos de la nena que fui, que aún soy porque, como diría Tove Ditlevsen, “rehúsa morir”.
Referencia a Tove Ditlevsen sacada del bellísimo libro de memorias de Liv Ullmann "Senderos", Ed. Pomaire, Barcelona, 1980, p. 14: "Hay en mí una niña que rehúsa morir."




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