La primera directora de orquesta
Annunziata quería ser directora de orquesta y, aunque era un mundo de hombres, lo logró. Estudió con los mejores profesores, se sacó las notas más altas y recibió el diploma de honor siendo aún muy joven. Fue la primera mujer en dirigir la Filarmónica de Roma, ámbito de hombres que desconfiaban de las aptitudes femeninas.
Annunziata tenía brazos largos que se movían como aspas al viento cuando dirigía. Era muy flaca, por lo que todos notaron, el primer día de ensayo, la incipiente curvatura hacia adelante de su panza, que algunos chistosos apodaron, en términos musicales, "el bemol", y que no era otra cosa que un embarazo que ya cursaba su quinto mes.
Justo cuando la convocaban para dirigir la Filarmónica, gracias a su exitosa trayectoria con las orquestas del Véneto, Annunziata, de pura felicidad, quedaba embarazada. Le hicieron el contrato sin saber que esperaba familia, ya que ella era muy reservada con su vida privada, porque sabía que se movía en un mundo machista y que su feliz embarazo sería tomado como un impedimento para su buen desempeño profesional. Pero Annunziata sentía que no era así como juzgaba la sociedad, sino que, por el contrario, su embarazo la llenaba de energía, se sentía mejor que nunca, vigorosa, plena. Por eso, todos se asombraron al verla llegar a los ensayos con panza, porque Annunziata estaba haciendo historia: era la primera mujer del país con una batuta en la mano, la primera en dirigir a la prestigiosa Filarmónica, ¡y además estaba embarazada!
El día del concierto lució con orgullo su pancita bajo una blusa brillante y ajustada, y las señoras de la primera fila la miraron enternecidas, calculando de cuánto estaría, si nacería para el verano o para el otoño, si sería una nena o un varoncito. Una opinaba que la panza estaba en punta, por lo que seguro tendría un varón. Qué lindo, dijo la otra, un bambino que será los ojos de sua mamma. Y especulaban con que seguramente seguiría los pasos de ella, un niño prodigio que tocaría el piano y que en su concierto de presentación estaría dirigido por su madre.
Annunziata acometió los primeros acordes de la Overtura Trágica de Brahms con pasión, y movía impetuosamente su negra cabellera enrulada con cada fortísimo; en los pianos se serenaba y parecía flotar por encima del podio. Supo transmitir el dramatismo de la obra y la orquesta le respondió con profesionalismo, siguiendo a la perfección cada indicación suya. Al finalizar, el público los premió con un atronador aplauso y su concierto obtuvo excelentes críticas, hecho que motivó un nuevo contrato con la Filarmónica.
Los músicos, sin embargo, no habían quedado tan contentos con ella. La veían demasiado flaca para estar al frente de semejante orquesta; "con los brazos muy largos, desproporcionados", dijeron algunos; "muy joven para dirigir una orquesta con tanta trayectoria", sentenciaron otros; "¡una mujer al frente de la Filarmónica, dónde se ha visto!", se indignaron los más.
Los directivos de la orquesta, en cambio, estaban contentos con su desempeño por las buenas críticas y la gran afluencia de público, pero le empezaron a llegar las quejas de los músicos, su malestar, las habladurías. El clima se fue enrareciendo hasta el punto de que, para el primer día de ensayo del siguiente concierto que debía dirigir, la mayoría de los músicos la miró con poco respeto y hostilidad, y le empezaron a tender algunas zancadillas.
Annunziata, muy profesional, nunca se había enredado en los odios internos de los organismos que dirigía. Ella miraba su partitura y daba las entradas pertinentes con sus brazos largos de forma correcta, hacía las indicaciones con exactitud y respeto. Pero del otro lado se escuchaban bufidos, insultos solapados, desafinaciones y notas equivocadas.
El siguiente concierto no salió tan bien como el primero. Hubo numerosos desajustes entre las distintas filas de instrumentos, el público no aplaudió con el entusiasmo de la primera vez y no obtuvo buenas críticas. Los directivos lo atribuyeron al mal desempeño de Annunziata debido a su avanzado estado y llegaron a la conclusión de que no era recomendable contratarla para otros conciertos.
Annunziata dio a luz a una niña rozagante en el mes de agosto. Hacía muchísimo calor en la pequeña ciudad donde vivía con su familia y no quedaba ni un alma, porque todos estaban de vacaciones. Pero la casa de Annunziata bullía de vida recién estrenada, de llantos nocturnos y pechos rebozantes de leche. Fue una madre feliz que se dedicó por completo a la crianza y educación de su hija, dejando relegada por unos años su carrera musical. Cuando la niña empezó el colegio, retomó con nuevos bríos los conciertos con las orquestas del Véneto, que la habían esperado porque reconocían su talento. Pero nunca más pudo conseguir un contrato en Roma.
En las noches silenciosas, cuando todos dormían, ella recordaba con nostalgia su glorioso primer concierto con la Filarmónica, pero a pesar de no poder llegar más alto en su carrera, se sentía realizada. No es bueno estar donde no te valoran, pensaba.
Los músicos de la Filarmónica la habían olvidado pronto, despreciando sus grandes aptitudes y su batuta apasionada.
La primera mujer en dirigirlos.
Y la última.Valeria Leandra Buono
Cuento publicado en la V Antología "Surgir del (des)concierto", de cuentos, relatos y poesías, Julio Diaco Editor, Buenos Aires, 2015.
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