Plaza Elíptica

¡Yo vivía en ese lugar y no lo sabía!
Bueno, la explicación es sencilla:
nunca fui de madrugar, ¿cómo iba a verlo?
Me enteré como se entera todo el mundo: por la tele. Lo vi en “Informe
Semanal”, y fue cuando exclamé sorprendida por no saberlo: ¡yo vivía en ese
lugar!
Justo en la esquina de Plaza Elíptica, delante de ese bar de mala muerte llamado Yakarta que siempre esquivaba con desdén (nunca me gustaron los bares españoles, el olor compacto de hombre bien macho, la nube blanquecina del humo de los cigarrillos, los carozos de aceituna y los bollitos de servilletas usadas esparcidos por el suelo, ese suelo de baldosa gris de los años 50, cuando el generalísimo marchaba sobre España, brazo en alto); justo ahí es donde todas las mañanas bien temprano (para mí de madrugada), hiciera frío o calor, de noche cuando ya es invierno y baja ese aire gélido de la sierra madrileña que se te clava en la piel como un puñal, ese frío mesetero lleno de ventiscas mortales (¿pero yo cuándo sentí eso si a esa hora estaba calentita en mi cama?); justo ahí, decía, es donde se reúnen un montón de hombres, jóvenes y adultos, algunos casi niños pero ya con miradas de viejos, miradas de perros viejos, tristes perros viejos apaleados por la vida, esa puta vida que les tocó en suerte sin ellos pedirla, un montón de inmigrantes sin papeles, esos papeles que piden las sociedades ricas para concederte el derecho a Ser, para creerte que sos quien decís que sos, porque si no te llaman indocumentado, como si un ser humano por el simple hecho de existir no fuera ya un ser humano con todos los derechos; inmigrantes sudamericanos casi indígenas, pieles oscuras, oscurecidas aún más por lo cerrado de la noche y el hambre que ahueca las mejillas demacradas, ojos rasgados...
- ¡Les faltan las plumas!,
dice, al pasar por allí, un viejo con bastón a su mujer, disgustado de tener
que cruzarse con toda esa indiada,
- ¿Qué vienen a hacer acá?
- ¡A quitarnos el trabajo!
Esperan a que alguien llegue en auto o en camioneta, que les ofrezca algún
trabajito en negro para tener qué comer ese día. Viven al día, no tienen
mañana. Tampoco les queda ya pasado. Se fueron olvidando de
cómo huele su tierra (se olvida para no sufrir), de
cómo olía el pan de maíz hecho por las manos arrugadas de una madre
que ya no está, que murió al otro lado del charco sin ellos poder darles el
último adiós ni un entierro digno. Ya no tienen a nadie. Están solos a merced
del peor postor:
- 5€ la hora,
- 4€ la hora,
- 3€ la hora,
y acarrean kilos y kilos sobre sus maltrechas espaldas y hacen lo que
nadie quiere hacer: hacen de burros de carga…
- ¡Qué más da si son como animalitos!
Y fue entonces cuando vi tus ojos de perro triste por la tele, y tu
mirada se me clavó en el pecho y aún me duele, y me pregunto adónde habrás ido
a parar sin pasado ni futuro, con ese presente de mierda que te enfocaba todo
entumecido de frío, con la nariz metida en la campera finita que apenas te
abrigaba, flaco, niño de ojos viejos en el viejo mundo que abofetea juventud.
Valeria
Leandra Buono
(Madrid,
2009)
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